Por qué la odontología necesita ir más despacio

Creo que vivimos un momento extraño en la odontología: nunca antes habíamos tenido tanto acceso a nuevas tecnologías, materiales avanzados, literatura científica actualizada o técnicas cada vez más eficientes. Y, sin embargo, gran parte de la práctica diaria sigue atrapada en un ritmo frenético, marcado por la productividad, la presión del tiempo y una cultura que confunde rapidez con calidad.

Lo veo a diario: pacientes que llegan a la consulta después de haber pasado por varias clínicas en muy poco tiempo, con diagnósticos contradictorios, tratamientos incompletos o soluciones aplicadas de forma apresurada. A veces no es que el profesional anterior trabajara mal; es que probablemente no tuvo el tiempo necesario para detenerse, escuchar, observar, interpretar y, finalmente, decidir con calma qué era lo mejor para esa persona.

LA SALUD DE TU BOCA NO ENTIENDE DE PRISAS

Ese es, en esencia, el punto de partida de la filosofía slow dentistry. Un concepto que va más allá de una tendencia: es una forma de entender la práctica clínica desde la precisión, la humanidad y el respeto al proceso diagnóstico.

Cuando un paciente entra en mi consulta, no pienso en cuántos minutos tardaré en “resolver” un problema. Pienso en cuánta información necesito para comprenderlo de verdad. Cada boca tiene una historia, y cada historia necesita espacio para poder contarse. Hay pacientes que traen consigo años de dolor crónico, inseguridades estéticas, tratamientos mal indicados o simplemente dudas que nadie ha logrado aclararles. Pretender resolver todo esto en diez minutos es una falta de respeto hacia la complejidad del cuerpo humano.

Pero ir más despacio no significa ser menos eficiente. Significa ser más preciso.
Cuando un procedimiento se realiza sin prisa, el nivel de detalle aumenta de manera exponencial: la preparación es más cuidadosa, el diagnóstico es más completo, los materiales se aplican con exactitud, la comunicación con el paciente es más clara y la calidad final del tratamiento es superior.

Los casos complejos son el ejemplo más evidente. Los pacientes con patologías de la articulación temporomandibular no necesitan un tratamiento rápido, sino uno profundamente reflexionado. Los pacientes que buscan restauraciones estéticas naturales, con composite o técnicas mínimamente invasivas, no buscan velocidad, sino fidelidad a la estructura original del diente. Incluso en implantología, donde el protocolo importa tanto, la prisa sigue siendo enemiga de la predictibilidad.

He observado que cuando dedicamos el tiempo necesario al diagnóstico, la cantidad de tratamientos innecesarios se reduce de forma drástica. No es raro que un paciente llegue pidiendo carillas y al final descubramos que lo que necesita es mejorar su salud periodontal. O que una persona llegue pidiendo una férula para la ATM y, tras explorar a fondo, descubramos que su dolor proviene de hábitos, postura o de un proceso emocional que nada tiene que ver con su oclusión.

La mayor parte de los errores en odontología no ocurre por falta de técnica, sino por falta de comprensión del problema inicial. Y comprender requiere tiempo.

A nivel humano, trabajar despacio también transforma la relación con los pacientes. Cuando alguien siente que se le escucha sin prisa, que se responde a todas sus preguntas, que se explican las alternativas sin presionar, que se respeta su ritmo… la ansiedad disminuye y la confianza aumenta. Ese ambiente de calma, que parece tan simple, es una herramienta clínica poderosa: una persona tranquila colabora mejor, entiende mejor y también sana mejor.

Ir más despacio también es un acto ético. La odontología no debería ser una carrera por producir más o por vender tratamientos. Debería ser una disciplina científicamente rigurosa y emocionalmente respetuosa. Y eso solo ocurre cuando hay tiempo para pensar. El pensamiento clínico es incompatible con la prisa.

En definitiva, abogo por una odontología que no se deje arrastrar por el ritmo del mercado, sino que vuelva a las bases: observación, evidencia, sensibilidad por el detalle y humanidad. 

Ir despacio no es un lujo: es una necesidad para hacer las cosas bien.

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